martes, mayo 30, 2006

La pregunta de junio es...

miércoles, mayo 17, 2006

Emociones por encargo: ¿Maniático yo? (*)



No puedo dormirme si la puerta del clóset queda abierta, es cierto, pero no creo que por eso merezca el apelativo de maniático. Odio que a las camisas se le marquen las rayas de la plancha y por eso las llevo al baño para que el vapor de la ducha las estire, es verdad, pero eso no significa que necesite un par de semestres intensivos en El Peral, supongo. Y si echarle WD-40 a todo lo que cruje es una obsesión patológica, bueno, sí, soy un caso.

Al menos, aclaro, puedo dejar un chocolate en el velador varios días, semanas incluso, sin que eso me provoque un ataque de gula, cosa que no pueden decir muchas mujeres. Ahora, si hay un ruido en el auto mientras voy manejando, tengo que descubrir en ese mismo momento qué diablos es lo que suena. ¿Por qué a las mujeres no les molesta que su auto tenga olor a bencina o no le prenda una luz del tablero? Nunca he entendido esa falta de criterio.

Por mí, todos los discos debieran estar ordenados alfabéticamente y con sus respectivos lomos alineados para leer, desde abajo, el nombre del artista de izquierda a derecha. En la despensa, las botellas de tragos largos deben ir más al fondo que las de vino y los tarros o bolsas de servilletas no deben obstruir el libre desplazamiento de las cajas de cereal: nada más molesto que temprano por la mañana, cuando todavía uno duerme, se venga todo abajo al querer sacar la cajita de Quadrittos.

No sé si saben, pero las copas de cristal no se lavan con jabón, sólo con agua, y se deben dejar sacando boca abajo sobre un paño de cocina, ojalá el menos “peludo” de todos para que no deje pelusas. Y antes de servir el vino, la botella tiene que estar abierta al menos una hora antes, para que respire correctamente. ¿Maniático? Por favor, sólo buen anfitrión.

Yo sí que conozco tipos maniáticos. Esos que todos los domingos se ponen pantalones cortos para lavar el auto, invierno y verano, como si proyectaran su propia suciedad en la carrocería de la 4x4 que pagan a cuotas con la famosa compra inteligente. Esos que ordenan las camisas por color y que le cortan las etiquetas a todas las poleras porque les puede dar alergia en el cuello. Qué suerte que uno no sea de esos. Yo sólo me preocupo de mantener los pantalones sólo en colgadores de madera (por el peso, claro, para que no cedan) y de poner un encendedor en cada bolsillo de mis chaquetas del closet porque uno nunca sabe cuándo se van a necesitar.

Mi viejo, especialmente el domingo, se levanta con un ataque de “paño amarillo” y limpia toda su casa como si recién hubiese caído una lluvia ácida. Ahora se acaba de comprar un aparato del “llame ya”, uno que tira vapor y limpia a chorros de presión los rincones más increíbles. He estado a punto de pedírsela, pero no creo que me la preste. Es muy maniático con sus cosas. Las guarda en la bodega con etiquetas y cada vez que presta algo lo anota en un cuaderno.

Ah, no. Eso sí que es ser maniático.

(*) Columna de ficción publicada originalmente en una revista femenina. Cualquier semejanza con la realidad, claro, es sólo una manía del lector.