
La otra tarde, después de casi trece años, volví a toparme con una de esas películas que marcaron mis veinte años (suena chulo, pero es verdad). Era sábado por la tarde, mi mujer y mi hijo dormían la siesta a gusto y, con algo de placer, reconozco, me encontré otra vez sólo y en silencio frente a la pantalla con esa belleza llamada Bridget Fonda.
En su momento, debo haber visto “Vida de solteros” (“Singles”, el ensayo general de Cameron Crowe antes de su obra maestra, “Casi famosos”) unas diez veces. Y cada vez me parecía mejor, más normal, más de hombres, que Matt Dillon se hiciera el rudo y no mostrara nunca los sentimientos que lo atoraban debajo de esa eterna chaqueta de cuero. La gracia de la conquista, pensaba, era justamente ser lo más bruto posible.
Claro, por esos días, mediados de los ’90, cuando todos nos creíamos el cuento del grunge, eso del gruñido permanente ante la vida, nunca tomé muy en serio las estrofas de una de las canciones más emblemáticas de la película. La cantaba un tipo llamado Paul Westerberg y, más o menos, trataba de explicar por qué, a veces, cuando hay dislexia, el corazón necesita anteojos.
¿Cuántas veces dijimos algo que nunca sentimos de verdad? ¿Cuántas veces dejamos de emocionarnos en público sólo por pudor? El corazón disléxico, ahora entiendo, es el que hace justamente lo contrario de lo que siente. Es aquel que nunca dice que quiere cuando se lo piden, el que no llama por teléfono cuando lo esperan y el que no llega a la cita cuando es necesario. El corazón disléxico es el que responde con ladridos cuando le confiesan entrega y el que no se da vuelta cuando lo llaman a gritos. El corazón disléxico, más que una patología, es una tontera que aprendimos desde niños.
Hasta hace unos años, el mayor gesto de cariño con mi padre era un par de palmotazos en el hombro. ¿Un beso? Están locos, si eso es cosa de mujeres. El síndrome del corazón disléxico, ese que hace lo que no siente, el que dice lo que no quiere, es un mal generacional que nos marcó a todos. Y gracias a lo que llaman madurez, por suerte, a veces no es mortal.
Sigo en silencio la trama de “Vida de solteros” y, a diferencia de hace trece años, me gustaría entrar en la película, como en “La rosa púrpura del Cairo”, para decirle a Matt Dillon unas cuantas verdades. Que, de seguir así, no le va a ir muy bien en la vida. Que, si su meta es dormir tranquilo por las noches, tiene que comprar con urgencia esos antejos para el corazón que le recetan en clave de guitarras. Y que, por último, Bridget Fonda o la mujer que siempre quisimos tener a nuestro lado se merece otra cosa.
Se merece un corazón que diga que sí cuando está realmente convencido, un corazón que pida ayuda cuando el reporte del clima no le sea muy favorable y que no confunda las letras de las emociones. Se merece, más que un by pass, un trasplante de humanidad.
No sé bien el momento exacto, pero, si me preguntan, puedo decir que comencé a trabajar mi dislexia con los amigos, los buenos amigos, los que me ayudaron a canalizar toda la rabia y la pena de una gran frustración amorosa. Los que me hicieron ver la importancia de llorar y pedir ayuda, de abrazar y de apretar fuerte porque se me iba el mundo. Con ellos, a punta de cervezas y cigarrillos, fui modelando el corazón que hoy me permite besar a mi viejo cada vez que lo veo y acompañar en el llanto a mi vieja ahora último que se le han muerto un par de amigas.
El estímulo y el refuerzo de los amigos, me gustaría decirle a Matt Dillon, hicieron que superara el déficit emocional de mi dislexia. Y si la sicóloga en su momento me recetó soltar, evitar la contención, con ellos aprendí a sentirme más seguro y más hombre para hacerlo bien.
Los días de los corazones disléxicos, permítanme golpear la mesa, están tan añejos como las canciones de mi banda de sonido de “Singles”, un disco compacto que encuentro perdido en el estante, todo brilloso, y que vuelvo a poner, bajito, para que no se me despierte la prole. Y así, viendo a mi mujer y a mi hijo dormir la siesta a gusto, puedo al fin entender que los anteojos que propone “Dyslexic Heart” fueron hechos para ver la felicidad más nítida cuando llegue el momento.