Los Amigos que Perdí

(Columna originalmente publicada en la nueva revista T Propongo... Emociones por encargo)
Creo que fue en el “Liguria” de Manuel Montt, hace ya varios años, mucho antes de las peleas del Chino Ríos y de las celebraciones de Pinilla, cuando por fin dimos con el cierre de una tesis que nos tuvo ocupados durante varios jueves por la noche.
“Lo que pasa, Iñigo, es que simplemente uno se enamora de sus amigos”, me dijo el bueno de Jano con la voz traposa de tanto ron y de esos cigarros rojos tan fuertes que le gusta fumar. “Uno se enamora de sus amigos como se enamora de su mujer. Uno los busca y los escoge porque te seducen, porque te complementan, porque te hacen sentir bien. Y porque te sirven, claro”.
Me acuerdo que para comprobar nuestra sentencia, ya de madrugada, le pedimos un lápiz al mesero, el bueno de Aldo, y comenzamos a escribir los nombres de las respectivas mujeres y amigos que se nos fueron quedando en el camino. Y aunque nunca pudimos terminar el ejercicio, por borrachos y porque ya estaban poniendo las sillas arriba de la mesa, ahora con la mente algo más clara puedo darme cuenta de que lo que esa noche tratamos de hacer fue elaborar una teoría de comunicación.
A los amigos que perdí, que han sido muchos, fue porque ya no tuve nada más que hablar con ellos. De pronto, como con todas las ex que se me van apareciendo en la cabeza, se perdió esa complicidad perfecta que hacía entendernos con apenas una mirada y esa admiración de querer saber en qué estaba su vida. Tal vez fui yo el que me puse aburrido o simplemente cambié de canal, pero, de pronto, sin mediar un previo aviso, sin romper un juramento, se acabó el compromiso.
A los amigos que perdí, que ya no los extraño, fue porque de pronto ya no entendieron lo que para mí era importante y muchas veces no supieron interpretar mis silencios. Tampoco supieron decir la palabra justa cuando más los necesitaba ni se les ocurrió organizar esa fiesta sorpresa que me habría levantado el ánimo cuando habría dado todo por tener la casa llena. Tal vez nunca entendieron mi idioma, pero bastó que me diera cuenta para borrarlos de mi lista de teléfonos.
A los amigos que perdí, que nunca me di el tiempo de recuperar, fue porque en algún momento dejaron de hablar mi idioma. Y empezaron a hablar de cifras, de metas y de coffee break. Y cambiaron las poleras por chalecos con rombos, empezaron a apostar sándwiches en la pega y dejaron de leerse los libros que rotábamos entre todos. Y ya no les importó la comida de los viernes, ni las mismas historias de siempre, ni esas ganas de arreglar el mundo que nos venían después de la segunda botella.
Los amigos que perdí, seguro, tienen demasiadas cosas que hacer por estos días como para detenerse un minuto a pensar en todas estas tonterías que a veces se nos ponen en la cabeza. Y ante eso, la verdad, no hay mucho que hacer.




