jueves, noviembre 24, 2005

Siguen las votaciones...


Hasta el momento, los más votados son:

Hasta el momento, los más votados son:

"X&Y", Coldplay
"Chaos & creation in the backyard", Paul McCartney
"Playing the angel", Depeche Mode
"Guero", Beck
"Hotel", Moby

Y como en toda elección hay lobby, les dejo una de las canciones de mi disco favorito del momento, "The forgotten arm", cosecha 2005 de Aimee Mann. Lo degustaremos en el programa del sábado y lo postulo como uno de los buenos del año...

Aimee Mann -She really wants you

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viernes, noviembre 18, 2005

Comenzaron los recuentos...



Como es tradición mediática, cada vez que se avecina el fin de año comienza la bendita manera de contar. De enumerar las mejores cosas que nos han pasado, las más raras, las más tristes, en fin, las más cualquier cosa.

Y como el último día de 2005 cae sábado, en Gran Reserva no podemos romper la magia del conteo. ¿Entonces? La idea es que, entre todos, eligamos las 20 discos más importantes del 2005. Sólo álbumes Gran Reserva, sonidos que, aunque sean nuevos, tengan la impronta y el cuerpo de los mejores sonidos de nuestra cava.

¿Ejemplos? Lo nuevo de Depeche Mode, el discazo de Paul McCartney, podrían ser los Stones, tal vez un poco de Bitman y Roban, no sé, para eso son estas cosas.

Para que votemos sin odios y sin violencia.

Hasta el momento, los más votados son:

"X&Y", Coldplay
"Chaos & creation in the backyard", Paul McCartney
"Playing the angel", Depeche Mode
"Guero", Beck
"Hotel", Moby

viernes, noviembre 11, 2005

El trago de la semana: La Hora del Brandy



Después de una buena comida, a media tarde en una terraza o con los amigos y un puro, el brandy de Jerez puede considerarse el mejor amigo del hombre. En España, beberlo es un rito. Y en Chile ya tiene fieles devotos. (artículo escrito originalmente para el Wikén, de El Mercurio, durante una cata a la que fui invitado en la ciudad española de Jerez de la Frontera)

Se dice que, por casualidad, los españoles descubrieron el brandy en el siglo XVIII cuando se les añejó un cargamento de aguardiente que estaba envasado en barricas de roble y que esperaba salir hacia Holanda.
El vocablo brandy viene del holandés brandewijn - vino quemado- y el bautizo no fue al azar. Antiguamente, gran parte de los aguardientes españoles eran embarcados a Holanda, su principal mercado, y ya desde el siglo XVI existía la costumbre de envejecer estos destilados de vino. Hoy, apenas un 30 % de la producción se exporta y casi todas esas botellas vienen de ese caluroso rincón de España.
Aclaremos. El brandy (como nombre genérico) es una bebida espirituosa de 36º a 45º grados, obtenida a partir de aguardientes y destilados de vino y envejecido durante más de un año en vasijas de roble americano. El jerez (también conocido como cherry) es el nombre genérico que se le da a los diferentes tipos de vino - finos, montillados, olorosos- que se producen en la región.
Y, entonces, el brandy de Jerez es el que se produce a partir de los vinos cosechados en ese específico rincón de España. Ahí nace el brandy original, el más preciado, aunque también se fabrica - en muy pequeño porcentaje, sólo un 5 %- en otras regiones del país como Cataluña, Málaga y La Mancha, y a escala menor en otros rincones del mundo.
Tampoco hay que confundirlo con el cognac. De elaboración similar, lo primero que hay que saber es que el brandy del que hablamos pertenece a una denominación de origen (D.O.) española y el cognac es genuinamente francés. Por lo mismo, las condiciones climáticas influyen en el proceso (la zona de Cognac es más fría que Jerez) y la graduación alcohólica cambia.
Además, la gracia del brandy - por reglamento de la D.O. de Jerez- es que debe reposar en barricas (botas) antiguas que previamente hayan guardado diferentes vinos, lo que contribuye a dotarlo de matices, aromas y colores siempre únicos.
Antes de destapar su botella, bien vale tener en cuenta las siguientes recomendaciones:
La copa: Idealmente, debe ser de un cristal muy fino y transparente, y con forma - ojalá- de balón. El tamaño, normal: ni exageradamente grande, ni muy pequeña. La copa debe servirse haciéndola reposar sobre la mesa y dejarla quieta. Evite agitarla, porque los aromas del licor se manifiestan mejor en reposo.
Cantidad: Se sugiere servir una cantidad tal que, al colocar la copa horizontalmente, el Brandy no se derrame. Sólo eso.
Temperatura: No se le ocurra calentar la copa artificialmente. Si la temperatura de la copa es muy alta, al servir el brandy se esfuman rápidamente aromas delicados que ya no volverán. Los recipientes con forma de balón están hechos para adaptarse a la palma de la mano.
Reposo: Basta una corta espera, tiempo de reposo del licor en la copa, para que el brandy se manifieste en todo su esplendor.
¿Con hielo?: Por qué no. Depende del gusto. Sus cualidades no se pierden con unos cubos de hielo encima, aunque la tradición indica que es una bebida para beberla más tibia que fría. Pero, se sabe, las tradiciones a veces se rompen.
¿Con café?: Por favor. Esa es la receta del tradicional y famoso Carajillo, la mezcla perfecta entre el cuerpo de un café muy caliente y la elegancia de un brandy reposado.

lunes, noviembre 07, 2005

Corazón Disléxico



La otra tarde, después de casi trece años, volví a toparme con una de esas películas que marcaron mis veinte años (suena chulo, pero es verdad). Era sábado por la tarde, mi mujer y mi hijo dormían la siesta a gusto y, con algo de placer, reconozco, me encontré otra vez sólo y en silencio frente a la pantalla con esa belleza llamada Bridget Fonda.

En su momento, debo haber visto “Vida de solteros” (“Singles”, el ensayo general de Cameron Crowe antes de su obra maestra, “Casi famosos”) unas diez veces. Y cada vez me parecía mejor, más normal, más de hombres, que Matt Dillon se hiciera el rudo y no mostrara nunca los sentimientos que lo atoraban debajo de esa eterna chaqueta de cuero. La gracia de la conquista, pensaba, era justamente ser lo más bruto posible.

Claro, por esos días, mediados de los ’90, cuando todos nos creíamos el cuento del grunge, eso del gruñido permanente ante la vida, nunca tomé muy en serio las estrofas de una de las canciones más emblemáticas de la película. La cantaba un tipo llamado Paul Westerberg y, más o menos, trataba de explicar por qué, a veces, cuando hay dislexia, el corazón necesita anteojos.

¿Cuántas veces dijimos algo que nunca sentimos de verdad? ¿Cuántas veces dejamos de emocionarnos en público sólo por pudor? El corazón disléxico, ahora entiendo, es el que hace justamente lo contrario de lo que siente. Es aquel que nunca dice que quiere cuando se lo piden, el que no llama por teléfono cuando lo esperan y el que no llega a la cita cuando es necesario. El corazón disléxico es el que responde con ladridos cuando le confiesan entrega y el que no se da vuelta cuando lo llaman a gritos. El corazón disléxico, más que una patología, es una tontera que aprendimos desde niños.

Hasta hace unos años, el mayor gesto de cariño con mi padre era un par de palmotazos en el hombro. ¿Un beso? Están locos, si eso es cosa de mujeres. El síndrome del corazón disléxico, ese que hace lo que no siente, el que dice lo que no quiere, es un mal generacional que nos marcó a todos. Y gracias a lo que llaman madurez, por suerte, a veces no es mortal.

Sigo en silencio la trama de “Vida de solteros” y, a diferencia de hace trece años, me gustaría entrar en la película, como en “La rosa púrpura del Cairo”, para decirle a Matt Dillon unas cuantas verdades. Que, de seguir así, no le va a ir muy bien en la vida. Que, si su meta es dormir tranquilo por las noches, tiene que comprar con urgencia esos antejos para el corazón que le recetan en clave de guitarras. Y que, por último, Bridget Fonda o la mujer que siempre quisimos tener a nuestro lado se merece otra cosa.

Se merece un corazón que diga que sí cuando está realmente convencido, un corazón que pida ayuda cuando el reporte del clima no le sea muy favorable y que no confunda las letras de las emociones. Se merece, más que un by pass, un trasplante de humanidad.


No sé bien el momento exacto, pero, si me preguntan, puedo decir que comencé a trabajar mi dislexia con los amigos, los buenos amigos, los que me ayudaron a canalizar toda la rabia y la pena de una gran frustración amorosa. Los que me hicieron ver la importancia de llorar y pedir ayuda, de abrazar y de apretar fuerte porque se me iba el mundo. Con ellos, a punta de cervezas y cigarrillos, fui modelando el corazón que hoy me permite besar a mi viejo cada vez que lo veo y acompañar en el llanto a mi vieja ahora último que se le han muerto un par de amigas.

El estímulo y el refuerzo de los amigos, me gustaría decirle a Matt Dillon, hicieron que superara el déficit emocional de mi dislexia. Y si la sicóloga en su momento me recetó soltar, evitar la contención, con ellos aprendí a sentirme más seguro y más hombre para hacerlo bien.

Los días de los corazones disléxicos, permítanme golpear la mesa, están tan añejos como las canciones de mi banda de sonido de “Singles”, un disco compacto que encuentro perdido en el estante, todo brilloso, y que vuelvo a poner, bajito, para que no se me despierte la prole. Y así, viendo a mi mujer y a mi hijo dormir la siesta a gusto, puedo al fin entender que los anteojos que propone “Dyslexic Heart” fueron hechos para ver la felicidad más nítida cuando llegue el momento.