miércoles, octubre 26, 2005

Los Amigos que Perdí


(Columna originalmente publicada en la nueva revista T Propongo... Emociones por encargo)


Creo que fue en el “Liguria” de Manuel Montt, hace ya varios años, mucho antes de las peleas del Chino Ríos y de las celebraciones de Pinilla, cuando por fin dimos con el cierre de una tesis que nos tuvo ocupados durante varios jueves por la noche.

“Lo que pasa, Iñigo, es que simplemente uno se enamora de sus amigos”, me dijo el bueno de Jano con la voz traposa de tanto ron y de esos cigarros rojos tan fuertes que le gusta fumar. “Uno se enamora de sus amigos como se enamora de su mujer. Uno los busca y los escoge porque te seducen, porque te complementan, porque te hacen sentir bien. Y porque te sirven, claro”.

Me acuerdo que para comprobar nuestra sentencia, ya de madrugada, le pedimos un lápiz al mesero, el bueno de Aldo, y comenzamos a escribir los nombres de las respectivas mujeres y amigos que se nos fueron quedando en el camino. Y aunque nunca pudimos terminar el ejercicio, por borrachos y porque ya estaban poniendo las sillas arriba de la mesa, ahora con la mente algo más clara puedo darme cuenta de que lo que esa noche tratamos de hacer fue elaborar una teoría de comunicación.

A los amigos que perdí, que han sido muchos, fue porque ya no tuve nada más que hablar con ellos. De pronto, como con todas las ex que se me van apareciendo en la cabeza, se perdió esa complicidad perfecta que hacía entendernos con apenas una mirada y esa admiración de querer saber en qué estaba su vida. Tal vez fui yo el que me puse aburrido o simplemente cambié de canal, pero, de pronto, sin mediar un previo aviso, sin romper un juramento, se acabó el compromiso.

A los amigos que perdí, que ya no los extraño, fue porque de pronto ya no entendieron lo que para mí era importante y muchas veces no supieron interpretar mis silencios. Tampoco supieron decir la palabra justa cuando más los necesitaba ni se les ocurrió organizar esa fiesta sorpresa que me habría levantado el ánimo cuando habría dado todo por tener la casa llena. Tal vez nunca entendieron mi idioma, pero bastó que me diera cuenta para borrarlos de mi lista de teléfonos.

A los amigos que perdí, que nunca me di el tiempo de recuperar, fue porque en algún momento dejaron de hablar mi idioma. Y empezaron a hablar de cifras, de metas y de coffee break. Y cambiaron las poleras por chalecos con rombos, empezaron a apostar sándwiches en la pega y dejaron de leerse los libros que rotábamos entre todos. Y ya no les importó la comida de los viernes, ni las mismas historias de siempre, ni esas ganas de arreglar el mundo que nos venían después de la segunda botella.

Los amigos que perdí, seguro, tienen demasiadas cosas que hacer por estos días como para detenerse un minuto a pensar en todas estas tonterías que a veces se nos ponen en la cabeza. Y ante eso, la verdad, no hay mucho que hacer.

sábado, octubre 22, 2005

¿Un whiskycito?



La tradición de abrir la mejor botella de la casa para compartir el whisky con los amigos debe ser, sin duda, uno de los placeres más notables que nos van quedando. Y aunque algunos lo prefieran con mucho hielo y otros sólo con agua, la conversa está asegurada al alero de este caldo amarillento y envejecido.

En términos simples, se puede decir que el genuino whisky (alguna vez llamado uisce beatha o licor de vida) nace del malteado, es decir, del calentamiento en agua del grano de cebada hasta conseguir su germinación (que florezca). Al fermentar, todo ese almidón se convertirá en alcohol bajo el aspecto de un líquido espumoso muy similar a la cerveza.

Luego de una doble destilación (en Irlanda se hace una tercera), el resultado es un licor incoloro de alta graduación alcohólica (más de 40º) que deberá pasar por algunos años en barricas de roble hasta lograr el envejecimiento deseado. Por ley, en Inglaterra se exigen cuatro años de guarda como mínimo para que un producto pueda llevar el nombre de whisky. Claro que, a mayor tiempo de reposo, mejores serán los resultados.
¿Su botella dice 18 años? Es porque ese líquido pasó al menos ese tiempo (siempre es más) evolucionando en barricas. ¿Además agrega el apellido single malt? Es porque esa botella se obtuvo exclusivamente de una misma malta. ¿También le suenan los pure malt? Es el whisky que se obtiene de la mezcla de varios tipos de maltas. ¿Y el blended? Es el más común de todos y que nace de la mezcla entre whisky de malta y otros obtenidos a partir de granos (maíz, trigo).

Destruyendo mitos

El whisky no deja caña: el hachazo del día después es inversamente proporcional a la calidad del licor. Porque entre mayor elaboración tenga, menor será la cantidad de alcohol metílico que encontraremos en su fórmula. Un whisky de mala calidad puede ser, entonces, una verdadera pesadilla para nuestra cabeza.
El whisky le hace bien al corazón: como cualquier alcohol, un buen whisky funciona como vaso dilatador en justas dosis. Ahora, cualquier problema cardíaco no se arreglará nunca a punta de brindis.
El whisky se toma con hielo: en realidad, para saborear todas las bondades de una buena botella lo mejor es añadirle agua a un vaso con whisky. De esta forma, se le bajará su intensidad alcohólica y nuestras papilas gustativas van a poder apreciar más nítidamente los aromas y los sabores. Ahora, si es paciente, deje que el hielo se derrita por completo antes de tomar el primer sorbo.
El whisky sabe mejor si se guarda: craso error. A diferencia del vino, el whisky no evoluciona en la botella. Por el contrario, una vez que sale de las barricas empieza a correr su cuenta regresiva y ya no hay pie atrás… Por eso, si está guardando para una ocasión especial esa botella que le regalaron en la Navidad del ’92, lamentamos decirle que ha perdido el tiempo.
El whisky funciona sólo como bajativo: depende del gusto, un buen trago puede resultar perfecto como aperitivo antes de comer o ser el compañero perfecto para un cigarro después de un almuerzo de domingo. Como el vino, el whisky es muy versátil y son los propios comensales lo que pondrán las reglas de consumo. Pero, por favor, no se le ocurra mezclarlo con bebidas cola: ahí sí que pierde toda la gracia.

viernes, octubre 14, 2005

Un día con... Nirvana


La entrevista de la que más he tenido que hablar es una que no hice. Y, claro, muchas veces los actos fallidos son mucho más intensos que los logros relativamente fáciles.
Todo sucedió en Buenos Aires, en uno de los pisos del hotel Sheraton, un par de meses después del lanzamiento de "Nevermind" y un par de años antes de que Kurt Cobain se volara la cabeza.
El punto es que, en el papel, Nirvana en pleno me iba a estar esperando para una entrevista exclusiva con Chile. Y ahí estaba yo, credencial al cinto y con trece años menos, sentado en uno de los salones esperando el encuentro. Pasaron un par de horas, unas tres yo diría, y nada. Hasta que, burlando la seguridad, subí hasta el piso donde alojaba la banda para conseguir lo que necesitaba.
Me topé con Kurt Cobain saliendo de un ascensor. Venía muerto, como trapo, al hombro casi de una Courtney Love con cara de sádica. Apenas podía mantener la vista al frente, pero, no sé por qué, cuando le hablé trató de mirarme a los ojos. Le dije que era el periodista de Chile que venía a entrevistarlo, que llevaba mucho rato de espera y que (dadas las circunstancias) si podíamos dejar la entrevista para el otro día. Dudó un minuto y, sin abrir la boca, como haciendo un gesto de "todo se acabó" con las manos, me quedó claro que nunca más tendría la oportunidad de hablar con él.
Creo que me despedí, no me acuerdo, y me quedé en el pasillo mientras el ascensor subía a la suite. Y cuando ya daba todo por perdido, el gigante Chris Novoselic me hizo un gesto desde el fondo y me invitó a pasar. Hablamos unos 20 minutos, claro que el payaso de Dave Grohl se entretuvo más rompiendo una lámpara de pie que iluminaba el salón.
Esa entrevista ya ni sé dónde la tengo, tengo que buscarla, pero sí guardo el comentario del concierto que estuvo increíble. Fue publicado, en El Mercurio, el 1 de noviembre de 1992. Así decía:

NIRVANA: HEROES DE ESPIRITU ADOLESCENTE EN ARGENTINA

El grupo se presentó con éxito la noche del viernes en el estadio de Vélez Sarsfield. Pese a que no cantó su hit `Smells like teen spirit'.

Pablo Márquez F.

En el barrio de Liniers, en la parte norte de la ciudad, allá, cerca de Caballito y Flores, la noche del viernes pasado cambió su tradicional banda sonora, esa que cada fin de semana, llena de cantos y gritos de apoyo, entibia el ambiente en los alrededores del estadio mundialista de Vélez Sarsfield. Y es que la intensidad electrizante del hard-rock desplazó al fútbol y, cómo no, el asunto se sintió en el aire. Espeso.
Porque las más de cincuenta toneladas en equipos, como las cuatro consolas de audio, con 40 canales cada una y los 400 focos de iluminación, distribuidos en el gigantesco escenario de 20 metros de ancho y 17 de alto, se encargaron de mantener alerta a los casi 25 mil jóvenes que se congregaron en el recinto.
Minutos antes de las nueve de la noche, una hora después de lo anunciado por los organizadores, los teloneros argentinos Los Brujos, iniciaron la jornada. Y en buena forma. Porque con su difundido repertorio (en la Argentinba, claro) de funk rock, bastante influenciados por bandas como Red Hot Chili Peppers y Mr.Bungle, entregaron 20 minutos de buen show visual y adolescente (léase torsos desnudos, posiciones invertidas en medio de las canciones, un brujo gigante bailando en el escenario etc.)
Y llegó el turno para el grupo femenino norteamericano Calamity Jane's los segundos artistas de la noche, desconocida banda que, manejada por el vocalista de Nirvana, Kurt Cobain, fueron incluidas en el espectáculo como requisito para que la banda estrella aceptara actuar en Buenos Aires. Pero el público de Vélez, poco preocupado de cláusulas de contrato, demostró su descontento con pifias y lanzamientos de artefactos varios sobre las bellas cantantes.
La entrada más barata les había costado 32 dólares y, reclamaban, ese espectáculo no valía ``ni un mango''. Con razón. Y las Calamity Jane's, enfurecidas, terminaron abruptamente su presentación con destrozo de instrumentos, insultos y gestos poco dignos hacia el respetable. Feo.
Pero todo el mundo estaba allí para ver en acción a la ``banda más visceral e intensa del planeta''. Por eso, a las 22:30 horas de la noche, cuando apareció sobre el escenrio el trío Nirvana, el plato de fondo, las caras cambiaron y brotó la energía.
El bajista Chris Novoselic, el vocalista Kurt Cobain y el batero Dave Grohl, los integrantes del grupo, abrieron su presentación con una seguidilla de los temas menos difundidos de su exitoso segundo álbum, `Nevermind'. El sonido duro, con la intensa distorción en la guitarra a cargo de Cobain, dejó claro que durante la hora y media de presentación se iban a acelerar las revoluciones.
Porque, en escena, los Nirvana brindaron una impecable muestra de oficio.
Sin elementos extra-musicales, nada de histrionismo, nada de poses, se pararon en Vélez Sarsfield sólo a tocar buen rock. Desconcertando con repentinos giros melódicos y rupturas de tempo al transformar inocentes baladas en aplastantes y catárticos temas de hard-rock , casi en la frontera del speed-metal .
Con un registro vocal de Cobain que, con las naturales improvisaciones en vivo, nunca perdió la fuerza de las grabaciones en estudio.
Los primeros acordes de su más grande hit, `Smells like teen spirit', sólo a modo de introducción, casi como una amenaza, antecedieron a `Come as you are', y el repertorio continuó con la coreada versión de `Lithium' y otros temas de su primer trabajao editado en 1989, `Bleach'.
Así, luego de una hora exacta, Nirvana se despidio del escenario en medio de los aplausos y los futbolísticos cánticos del público. Sólo por un par de minutos. Porque la banda volvió para interpretar un largo instrumental. Pero faltaba, obvio, el éxito `Smells like teen spirit'. Nunca llegó.
Nirvana dejó definitivamente el estadio y los espectadores no lo podían creer. Pero, a pesar de escuchar la canción que habíoa que escuchar, se fueron contentos. Con sus pelos largos desfilando por la ancha avenida J.B. Justo. Allá en el lado norte, cerca de Caballito y Flores, donde la noche del pasado viernes, en el Vélez Sarsfield, el rock reemplazó al fútbol.

lunes, octubre 03, 2005

El maridaje de la semana


Como buen sommelier musical que se precie, hombre que trata de maridar los sonidos con los caldos etílicos, este humilde servidor tiene por tarea encontrar el sabor perfecto para esa canción determinada. En el fondo, que, como en las buenas comidas, un aroma no opaque al otro sino que se potencien. Alquimia pura. O como diría Aristóteles al hablar de justicia, finalmente uno trabaja para darle a cada uno lo suyo. Así de simple.

Esta semana pensaba partir con un buen vino sugerencia de la casa, algo así como un Tabalí reserva especial para degustar con "North" de Elvis Costello, o un Oveja Negra chardonnay/viognier para probar con un disco liviano como "J. A. C." de Tosca. Incluso pensaba experimentar con Chianti Clásico italiano y algo notablemente añoso como las melodías napolitanas de Dean Martin.

Pero, claro, uno nunca sabe cuando la luz del conocimiento se le va a cruzar por el camino y hoy les quiero hablar del Chuflay. Sí, del Chuflay, una noble bebida criolla, humilde, cumplidora, compañera, que hoy apareció en mi vida por esas azarosas cosas de la docencia. Se trata técnicamente de una bebida compuesta de aguardiente o pisco y, a veces, según el caso, por vino o cerveza mezclada con algún refresco, casí siempre Bilz. Trago chileno por excelencia.

Un asco, dirán ustedes. Bueno, no para los que encienden largas conversaciones al amparo de ese menjungue barato y solidario, seguramente la mejor excusa para alargar la fiesta y olvidarse un poco de lo duro que es la vida.

Hoy descubrí el Chuflay (gracias Bárbara por la investigación etnográfica) y, después de probarlo en casa, en su variante más amortiguada, con cerveza, les digo que marida perfecto con algo de Manu Chao. O con ese sonido vintage del viejo pop italiano de los '70, del tipo Irma Records. Incluso sabe bien con los discos más festivos de Los Jaivas, del tipo "En el bar restaurant Lo que Nunca se supo" (2000).

Queridos comensales, las papilas son para usarlas. A por un Chuflay, entonces, que lo que no nos mata nos fortalece.

Se aceptan sugerencias para futuros maridajes.